EL GALLO

UN CUENTO DE FANTASÍA

Me presento ante ustedes como el gallo Ambrosio.

Por aquellos tiempos, cuando yo era un gallo pobre -pobre y todo pero,
la verdad sea dicha, estaba yo muy majo-, tenía y tengo una cresta roja y unas hermosas plumas de varios colores, y las alas, ¡qué le voy a contar de
mis alas!, elegantes como jamás se habían visto en gallo alguno.

En fin, dicho de otra forma y quizá por presumir un poquillo, según decían de mí los enemigos, que eran muchos, como yo me consideraba un gallo guapo de verdad, procuraba arreglarme lo mejor que podía, me compré unos espolones postizos de plata que me quedaban que ni pintados, que no crean las señoras que de colocarse cosas postizas han sido ellas las primeras, bueno le diré que, a pesar de mi pobreza, yo me consideraba un gallo feliz por aquellos tiempos.

Más tarde las cosas fueron cambiando y estuve una temporada de muy mal humor; llevaba ya tres días encerrado en una jaula y la verdad la cosa no pintaba nada de bien para un gallo que era descendiente de una familia acomodada, generación tras generación, dada la posición de toda mi estirpe no podía consentir que me tuvieran encerrado sin darme ni una explicación así sin más ni más.
Si yo no recordaba que hubiera molestado, ni me había metido con nadie y alguien tiene la ocurrencia de encerrarme en una jaula. ¡Qué poca consideración tiene la gente para con los gallos de raza como yo, durante un poco de tiempo estuve bastante preocupado; luego más tarde creo le encontré una explicación: como llegaban los últimos días del año, estaba yo un poco mosca el año anterior por estas fechas, había desaparecido mi amigo el gallo Lucas que, según se comentaba, sus muslos habían servido para que cenara el papa la noche de final de año, pero ese recuerdo tampoco me fascinaba mucho la idea de ser comido, aunque
fuera por el papa.
Unos días antes de Navidad, las cosas no mejoraron mucho para mí: me cambiaron de jaula y me llevaron al mercado donde se comercializaban los animales vivos.

Qué faena, pensaba yo: todo un gallo de fina estampa y rancio abolengo, pero me da la impresión que de esta no hay quien me libre, pensaba mientras observaba al señor pollero, cuchillo en ristre, desgajando mollejas y troceando muslos de pollo.

Bueno, para estar todo el tiempo metido en la jaula, tampoco merece la pena vivir, así es que por muy Ambrosio que me llame, o cambio de actitud o no hay quien me libre.

Fue entonces cuando decidí cambiar de actitud y me fui alegrando lo mejor que pude, y me dije para mí mismo: bueno, si estos han de ser mis últimos días,

quiero pasarlos lo mejor que pueda, como me daban de comer bien y tenía al alcance la bota de vino del pollero, tomaba un traguito de vez en cuando.

Por la tarde me entraban unas ganas de cantar, lanzando unos sonoros kirikis a todo volumen; así, de esta forma fueron pasando los días y el señor pollero rechazó
varias ofertas cada vez más caras por mí.

Yo creo que como gallo le suponía un buen reclamo para su negocio, hasta que el último día del año pasó por allí un tal Juan Lázaro, un tipo que tenía un buen gallinero muy importante en los aledaños de la Sierra de Guadarrama, y le dijo al pollero: le compro ese gallo, que tiene buena pinta lo quiero para semental de mis gallinas.
Qué contento me puse yo al escuchar esto; yo que ya me estaba viendo sirviendo de cena de Navidad en la mesa de un empleadillo cualquiera, con los niños alrededor de la mesa, jugando a los indios con mis plumas y a la abuela chupando mis huesos, dándoles vueltas y más vueltas entre la dentadura postiza.

Fue mi día de suerte.

Aquel hombre me metió en el maletero de un lujoso coche y aquí me tienen ustedes, sorteando el tráfico por la nacional 6.

La verdad es que dentro del maletero no me enteraba de mucho; cuando me
dejaron en el gallinero me quedé sorprendido: aquello sí que eran comodidades, un gallinero con calefacción y todo.

Claro que yo no me merecía menos, el señor Juan Lázaro me presentó a sus gallinas y me nombró director del gallinero; creo a casi todas les caí bien, excluyendo a alguna señora gallina de las que siempre ahí más remilgadilla, pero esto pasa en todos los sitios.

Allí me pude enterar de que el gallinero estaba de riguroso luto y todas las gallinas vestidas de negro porque unos días antes se les había muerto el gallo, y allí estaba yo para sustituirle, aquel gallinero no podía estar mucho tiempo sin un buen gallo, ya que se trataba de un gallinero oficial para la reproducción selectiva de razas gallináceas.
Al día siguiente, al empezar mi trabajo, di mis primeras órdenes, coloqué un letrero en la pared para que lo vieran todas las gallinas con la siguiente orden:


Se acabó el luto.

Fuera las plumas negras. Las quiero ver a ustedes de buen humor, con el trasero limpio y perfumado.

A ver, usted, la que dicen pimpinela: alguien me ha dicho que tiene buena voz, mañana durante la primera misa de Año Nuevo quiero que nos interprete un villancico. La verdad, fue todo un acierto: la pimpinela se esforzó mucho en su canto y fue todo un éxito.

El trabajo que tenía yo como gallo reproductor, y me encantaba pensar, “aquí soy yo el Bertín Osborne, o el Julio Iglesias de las gallinas”